Teología del infierno


Un artículo del periódico El País, titulado: “El Papa Francisco revisa la teología del infierno”, el cual se reprodujo y difundió viralmente en numerosas páginas, decía lo siguiente:


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La Iglesia oficial defiende desde el siglo XV que el castigo del infierno destinado a los pecadores es “eterno”, idea iniciada en el siglo VI con San Agustín. El Papa Francisco acaba de revisar dicha doctrina católica al afirmar que la Iglesia “no condena para siempre” […]

Hasta el siglo III la Iglesia nunca defendió la doctrina de la eternidad del infierno. Al revés, el exegeta de las Escrituras, Orígenes (250 ) defendió la doctrina de la apocatástasis, según la cual el Dios de los Evangelios perdona siempre […] 

Millones de cristianos han sufrido durante siglos oprimidos por la doctrina de un Dios tirano, sediento de castigo y de castigo eterno […]

Hoy, el papa Francisco, ha dado un salto de siglos, se ha colocado al lado de las primeras comunidades cristianas aún empapadas de la doctrina del misericordioso profeta de Nazaret, que había venido “a salvar y no a condenar”.

Los primeros cristianos sabían que Jesús había sido duro y severo con la hipocresía y con el poder tirano, mientras abrazaba a los marginados por la sociedad bien y a los que la Iglesia oficial de su tiempo tachaba de pecadores […]

Recuerdo que a final de los años 60, tras haber escrito en el diario español PUEBLO un artículo titulado “El Dios en quién no creo”, en el que defendía que los cristianos tenían que escoger entre Dios y el infierno eterno, ya que ambos eran conceptos inconciliables, sufrí un duro interrogatorio por el entonces arzobispo de Madrid, Mons. Casimiro Morcillo que me acusó de “haber escandalizado a los fieles”.

Aquí en Brasil, el teólogo de la liberación, Leonardo Boff, me contó que cuando hace 16 años, el gran escritor y poeta de Bahia, Joao Cabral de Mello Neto, estaba para morir, a pesar de no ser creyente, le angustiaba en aquella hora la doctrina sobre el miedo al infierno que le habían inculcado en la infancia […]

El cambio es copernicano. Hoy es un papa como Francisco el que afirma con total naturalidad que el Dios cristiano “no condena a nadie para siempre”, que es como decir que no existen infiernos eternos, una afirmación que hasta hace poco podría haber servido para abrir un proceso contra un teólogo y condenarlo al ostracismo.
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Lo primero es que el Papa no se refería al infierno. En ninguna parte de su larga homilía mencionó al infierno. Se refería a los sacramentos y al cuidado pastoral, de eso era que estaba hablando el Papa. Esto es lo que dijo:

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El camino de la Iglesia, desde el concilio de Jerusalén en adelante, es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración. Esto no quiere decir menospreciar los peligros o hacer entrar los lobos en el rebaño, sino acoger al hijo pródigo arrepentido; sanar con determinación y valor las heridas del pecado; actuar decididamente y no quedarse mirando de forma pasiva el sufrimiento del mundo.

El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero; el camino de la Iglesia es precisamente el de salir del propio recinto para ir a buscar a los lejanos en las “periferias” de la existencia; es el de adoptar integralmente la lógica de Dios; el de seguir al Maestro que dice: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan». (Lc 5,31-32).
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Incluso si se hubiera referido al infierno, tampoco hubiera estado mal, puesto que la iglesia nunca condena a nadie al infierno. Catecismo 1861: “Sin embargo, aunque podamos juzgar que un acto es en sí una falta grave, el juicio sobre las personas debemos confiarlo a la justicia y a la misericordia de Dios”. 


Por cierto, el autor de este artículo también sostiene en otros artículos que María Magdalena se casó con Jesús. Ya ven ustedes la calaña de este autor. 


Ahora hablemos de lo que dice sobre la teología católica del infierno y los Padres de la Iglesia.

Lo primero es que, los católicos no creemos en un universo absoluto dividido entre cielo e infierno. Los católicos también creemos en el purgatorio. Al purgatorio van quienes mueren estando en gracia con Dios, pero que necesitan ser purificados, porque al cielo solo pueden ir los puros. La existencia del purgatorio va acorde con la misericordia de Dios. Dios nos perdona a pesar de que nosotros lo ofendamos con nuestras actitudes y acciones. Nos da una segunda oportunidad. La estadía de un alma en el purgatorio puede ser rápida y con pocas penas, o podría extenderse hasta el juicio final después de la segunda venida de Jesús, cuando el purgatorio será eliminado. Los católicos debemos rezar por las almas que están en el purgatorio. Las almas del purgatorio no están solas ni abandonadas. Están en gracia con Dios y tienen esperanza y son fortalecidos con nuestras oraciones. El cuerpo de la iglesia está dividido en tres estados: los triunfantes (los que están en el cielo), los militantes (los que están en la tierra) y los purgantes (en el purgatorio).

Las personas que no tuvieron la oportunidad de conocer el mensaje de Cristo, pero que por bondad natural llevaron una vida de virtud, bien podrían ir al cielo directamente -Romanos 2: 13-15, Catecismo 847-. Ahora bien, solo dentro de la iglesia se puede encontrar la plenitud total de los medios de salvación -Catecismo 816-, es decir, pertenecer a la iglesia es la forma más segura de estar en gracia con Dios y de evitar caer en desviaciones u ofensas al señor. Los que están fuera de la iglesia se encuentran en una situación deficitaria y desventajada respecto a los que están dentro; están expuestos a mayores peligros, a merced del mundo; corren mayor riesgo de no obtener la salvación directamente o de tener que purgarse poco o mucho antes de llegar puros al cielo.

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"Si bien es cierto que los no cristianos pueden recibir la gracia divina, también es cierto que objetivamente se hallan en una situación gravemente deficitaria si se compara con la de aquellos que, en la Iglesia, tienen la plenitud de los medios salvíficos.92 Sin embargo es necesario recordar a « los hijos de la Iglesia que su excelsa condición no deben atribuirla a sus propios méritos, sino a una gracia especial de Cristo; y si no responden a ella con el pensamiento, las palabras y las obras, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad ».93 Se entiende, por lo tanto, que, siguiendo el mandamiento de Señor (cf. Mt 28,19-20) y como exigencia del amor a todos los hombres, la Iglesia « anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas” Sobre la Unicidad y la Universalidad Salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, de la Congregación para la Doctrina de la Fe (Párrafo 22).
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Juan Pablo II, en su catequesis sobre el purgatorio nos enseñó:

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Durante nuestra vida terrena, siguiendo la exhortación evangélica a ser perfectos como el Padre celestial, estamos llamados a crecer en el amor, para hallarnos firmes e irreprensibles en presencia de Dios Padre, en el momento de la venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos. Por otra parte, estamos invitados a purificarnos de toda mancha de la carne y del espíritu, porque el encuentro con Dios requiere una pureza absoluta. Hay que eliminar todo vestigio de apego al mal y corregir toda imperfección del alma. La purificación debe ser completa, y precisamente esto es lo que enseña la doctrina de la Iglesia sobre el purgatorio. Este término no indica un lugar, sino una condición de vida. Quienes después de la muerte viven en un estado de purificación ya están en el amor de Cristo, que los libera de los residuos de la imperfección.
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Además de los distintos grados de penas en el purgatorio, en el cielo también hay distintos grados de recompensas (Mateo 5:11-12, 19:29-30; Lucas 6:32-36), según el grado de santidad que cada cual haya alcanzado en la propia vida.



También existe el infierno, donde van los que no están en gracia con Dios, son aquellos que han decidido voluntariamente alejarse de Dios, y por lo tanto no tienen más remedio que ir a un lugar donde no está Dios. En el infierno no hay esperanza, Dios no está con ellos, el catecismo dice muy acertadamente que ese es el peor castigo del infierno, la lejanía de Dios. Las almas del purgatorio, aunque también están en ausencia (temporal) de Dios, están en comunión con los otros miembros del cuerpo de la iglesia (los triunfantes y militantes); que los fortalecen. No sabemos quienes van al infierno o quienes están ahí, y jamás deberemos juzgar/condenar/señalar a nadie a ese lugar. Dios es el que juzga lo más íntimo de las personas. Todas las personas, incluso las que cometieron los pecados más graves, incluso en el último momento, en el último segundo, existe la posibilidad de que se hayan arrepentido. Por eso, jamás por ningún motivo, por ningún pecado debemos ubicar a nadie en el infierno.

Catecismo 1861: -Sin embargo, aunque podamos juzgar que un acto es en sí una falta grave, el juicio sobre las personas debemos confiarlo a la justicia y a la misericordia de Dios-.




Ahora bien, la enseñanza de que el infierno no es eterno y de que todos sin excepción seriamos salvados a través de una purificación (la Apocatástasis o Universalismo), fue una propuesta defendida por Orígenes y por San Gregorio de Nisa -arzobispo de Nisa-; y considerada por San Gregorio Nacianceno- arzobispo de Nacianzo-, (los 3 fueron Padres de la Iglesia, es decir, de los primeros teólogos de la iglesia, el ultimo es Doctor de la Iglesia, es decir, de los grandes teólogos de la iglesia). En esta propuesta, el infierno sería realmente como otro tipo de purgatorio y el “fuego eterno” del que habló Jesús era una metáfora referente a una pena agobiante de larguísima duración. La Apocatástasis también fue considerada por Hans Urs von Balthasar, uno de los teólogos más importantes de la iglesia en el siglo pasado, miembro de la Comisión Teológica Internacional y muy cercano a Benedicto XVI, en ese entonces cardenal Ratzinger. A pesar de todo, al parecer en este punto, Balthasar no tuvo mucho éxito. El Catecismo oficial de la Iglesia empezó a ser redactado poco después de la muerte de Balthasar a finales de los 80, pero el Catecismo afirma la eternidad el infierno.

Otra teoría es también la de que si bien no todos seremos salvados, algunas almas serán simplemente aniquiladas después del Juicio Final. Esta teoría fue defendida por algunos teólogos católicos del siglo pasado, como Eduard Schillebeeckx. En Mateo 10:28, Jesús dice que: “No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir el cuerpo y el alma en el infierno”. Es decir, Jesús parecería sugerir una aniquilación del alma estando en el infierno; y en Apocalipsis se habla de una “segunda muerte”. En Apocalipsis 20:12-15 se dice que en el juicio final, los que no están sus nombres en el libro de la vida, serían arrojados a un “lago de fuego” y que este lago de fuego es “la segunda muerte”. También en Apocalipsis 21:8 dice que los falsos serían arrojados al lago de fuego, al que vuelve a referirse como: “la segunda muerte”. Aunque del Diablo se dice en Apocalipsis 20:10, que sería arrojado a este lago y atormentado: “por los siglos de los siglos”.


Todas estas teorías alternativas sobre el infierno si bien no son declaradas como herejías, sí son consideradas como heterodoxas, es decir, extrañas, radicales o contra la opinión predominante, pero sin caer todavía en la categoría de herejía (en oposición clara y formal al dogma). Por eso se debe tener el cuidado de referirse siempre a estas teorías y especulaciones solo como una posibilidad, o como dijo San Gregorio Nacianceno: dejarle la respuesta a Dios.


Santo Tomas de Aquino (Doctor de la Iglesia) decía que la pena del infierno en su intensidad no podía ser infinita, puesto ninguna criatura es capaz de cualidad alguna infinita, pero que la duración de la pena sí era infinita.

La eternidad de las penas del infierno ha sido siempre la visión predominante en la iglesia, desde los primeritos Padres de la Iglesia (contrario a lo que afirmaba el autor de El País), hasta hoy. Por supuesto que, entre los Padres de la Iglesia había disenso en ese punto y en muchos otros más. Decía San Agustín: “En lo fundamental: unidad, en lo accesorio: libertad, y en todo: caridad”.



Juan Pablo II en su catequesis sobre el infierno enseñó que: 

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Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o infierno.

Las imágenes con las que la sagrada Escritura nos presenta el infierno deben interpretarse correctamente. Expresan la completa frustración y vaciedad de una vida sin Dios. El infierno, más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría. 

Por eso, la "condenación" no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios, dado que en su amor misericordioso él no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado. En realidad, es la criatura la que se cierra a su amor. La "condenación" consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios, por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción. La sentencia de Dios ratifica ese estado. 

La condenación sigue siendo una posibilidad real, pero no nos es dado conocer, sin especial revelación divina, si los seres humanos, y cuáles, han quedado implicados efectivamente en ella”.



El teólogo católico José María Cabodevilla escribió:

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El cielo es un don divino, pero el infierno no es una venganza divina. No son verdades del mismo rango ni pertenecen al mismo nivel. No hay simetría entre una cosa y otra. No hay un doble ofrecimiento de salvación y condenación, como si se tratara de dos destinos parejos. Dios sólo ofrece la salvación, y el hombre puede aceptarla o rechazarla. Los réprobos se apartaron de Dios por su propia voluntad, y seguirán eternamente apartados de Él por su propia obstinación. La persistencia de este rechazo es la que explicaría en última instancia la eternidad del infierno. 

Lo que llamaríamos alejamiento irreversible de Dios respecto del pecador se debe únicamente a que éste así lo quiso cuando dio carácter absoluto y, por tanto, irrevocable a su ruptura con Dios. En definitiva, aunque parezca extraño, aunque parezca escandaloso, habrá que decir que el pecador continúa en el infierno porque quiere. La puerta del infierno está cerrada para siempre, pero está cerrada por dentro.

Esta eterna aversión hacia Dios, eternamente renovada, no deja de ser contradictoria. Por propia voluntad el réprobo se apartó de Él, pero ha quedado herido por la visión de su rostro para toda la eternidad. Herido y fascinado. Ni siquiera allí lo terrible anula lo fascinante. Para que el condenado pueda sufrir por la ausencia de Dios es menester que la valore: hace falta que se sienta atraído por Dios a la vez que rechazado. En correspondencia, él debe experimentar, junto a esa irresistible atracción, un aborrecimiento sólo comparable a ella. Y esta contradicción lo traspasa, lo desgarra. En la medida en que tal atracción pudiera entenderse como una patética forma de amor involuntario, la respuesta divina no sería un gesto de cólera, sino algo peor, un rehusarse desdeñoso: «No os conozco»
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Es decir que -según este teólogo-, los corazones de los condenados una vez en el infierno, lejos de tratar de buscar la misericordia de Dios, se llenarían de odio y resentimiento, por lo que el infierno estaría reservado solo para hombres extremadamente perversos y engreídos, que rechazarían eternamente la gracia y el perdón de Dios.



El catecismo dice sobre el infierno:

1033: -Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra El, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos […] Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra "infierno"-.

1035: -La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad […]  La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira-.

1037 -Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegarias diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que "quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión" (2 P 3, 9)-.




Sin duda alguna, la teología del infierno es bastante compleja y presenta muchos enigmas, pero podemos estar seguros de que la justicia de Dios es perfecta, sea cual sea el modo, y de que la entenderemos completamente cuando estemos en el cielo.

1040: -El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su advenimiento. Entonces Él pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último-.