Las Cruzadas


      Esto era el Imperio Bizantino, el cual se formó tras la caída del Imperio Romano. 
      Todo esto era una región cristiana 100 años antes del nacimiento de Mahoma.  



El Imperio Bizantino era floreciente. 
Su capital Constantinopla era la meca mundial de la cultura, arquitectura, el arte, las ciencias y el comercio. 

 Interior de la Iglesia de San Vital de Rabean

     
Mosaicos de Justiniano y de Teodora y sus respectivas cortes en la Iglesia de San Vital de Rabean

                                              
 Basílica de Santa Sofía y su interior. 
Convertida luego en mezquita y hoy día en museo


Pero luego empezaron las invasiones y conquistas de los musulmanes desde la península arábiga. En cada pueblo que conquistaban la gente solo podía o convertirse al Islam, o pagar unos exorbitantes impuestos (los que podían) o morir. Las cruzadas se iniciaron en el año 1095 para intentar detener y replegar el avance de los musulmanes sobre oriente y los territorios cristianos. Fracasaron. Los musulmanes siguieron avanzando y en el año 1453 tomaron a la misma Constantinopla, ciudad que entonces pasó a llamarse Estambul y se convirtió en la capital del Imperio Otomano.



Toma de Constantinopla

El avance de los musulmanes hacia Constantinopla provocó la huida de numerosos artistas, comerciantes y científicos de esa ciudad hacia Italia y esto fue lo que causó allí un florecimiento cultural y científico llamado El Renacimiento y un boom económico que se llamó mercantilismo que luego se transformaría en capitalismo.

Pero el avance de los musulmanes por supuesto no se detuvo en oriente. Los musulmanes siguieron hacia Europa. Tomaron los Balcanes y Grecia. Luego, en el año 1529 Suleimán el Magnífico sitió la ciudad de Viena para intentar tomarla. La ciudad fue defendida por un ejército de distintos países europeos quienes resistieron y rompieron el asedio. Por poco la ciudad de Viena cae y con ella toda Europa.


Extensión de Imperio Otomano y el asedio a Viena

Pero los musulmanes no se rindieron por supuesto. En el año 1571 invadieron Chipre, en ese entonces territorio de la República de Venecia, y estaban a punto de invadir Italia y toda Europa. Es cuando entonces se libró la batalla más decisiva e importante para la historia de nuestra cultura occidental. La que definiría un antes y un después. La que marcaría el principio del declive de los musulmanes y el auge de los países cristianos y toda nuestra cultura occidental. El Papa San Pío V convocó y organizó la llamada “Liga Santa” compuesta por soldados de estados católicos. En esa batalla luchó Miguel de Cervantes. Fue la Batalla de Lepanto. Cervantes la calificó como: “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”. Fue una batalla marítima, y se obtuvo la victoria a pesar de la inferioridad numérica.


 Batalla de Lepanto

Gracias a esa Liga Santa (que fue una cruzada) convocada por el Papa y peleadas por naciones católicas, es que hoy día nosotros no somos musulmanes y no vivimos bajo la ley de la Sharia. Sin una fuerza religiosa capaz de unir a distintos pueblos europeos para luchar contra los musulmanes, no hubiera sido posible la victoria.

Las cruzadas no fueron malas, intentaron detener el avance de los musulmanes. Debemos como católicos sentirnos orgullosos de la Batalla de Lepanto. Todo occidente nos debe lo que es hoy día, a nosotros los católicos, al Vaticano y al Papa San Pío V.


Ahora bien, por supuesto que, no se puede negar, en las cruzadas se cometieron abusos y excesos, debido a los condicionamientos culturales y políticos de la época, pero que tampoco justifican. Muchos de los que pelearon en las cruzadas estaban poseídos por la pasión política, la venganza y el odio, creyendo que los de otras confesiones debían ser extinguidos, maltratados o marginados. Esas por supuesto no son actitudes cristianas, pero eran comunes en una atmósfera cargada de rencores y resentimientos históricos-religiosos que nublaban el juicio y el buen accionar.

El Catecismo de la iglesia dice en su artículo 2313: “Es preciso respetar y tratar con humanidad a los no combatientes, a los soldados heridos y a los prisioneros. Las acciones deliberadamente contrarias al derecho de gentes y a sus principios universales, como asimismo las disposiciones que las ordenan, son crímenes. Una obediencia ciega no basta para excusar a los que se someten a ella. Así, el exterminio de un pueblo, de una nación o de una minoría étnica debe ser condenado como un pecado mortal. Existe la obligación moral de desobedecer aquellas decisiones que ordenan genocidios”.


La guerra es legítima en ciertas circunstancias, dice el Catecismo:

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2308 Todo ciudadano y todo gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras.

Sin embargo, “mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa” (GS 79).

2309 Se han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar. La gravedad de semejante decisión somete a esta a condiciones rigurosas de legitimidad moral. Es preciso a la vez:

— Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto.

— Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces.

— Que se reúnan las condiciones serias de éxito.

— Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición.

Estos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina llamada de la “guerra justa”.

La apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común.

2310 Los poderes públicos tienen en este caso el derecho y el deber de imponer a los ciudadanos las obligaciones necesarias para la defensa nacional.

Los que se dedican al servicio de la patria en la vida militar son servidores de la seguridad y de la libertad de los pueblos. Si realizan correctamente su tarea, colaboran verdaderamente al bien común de la nación y al mantenimiento de la paz (cf GS 79).


2311 Los poderes públicos atenderán equitativamente al caso de quienes, por motivos de conciencia, rehúsan el empleo de las armas; éstos siguen obligados a servir de otra forma a la comunidad humana (cf GS 79).